P. Roberto Juan González Raeta
En contexto de una serie de charlas brindadas para formación y catequesis
INTRODUCCIÓN
Al celebrar la Solemnidad de Pentecostés, en el marco del Año Jubilar de la
Misericordia, y recordando que una de las obras de misericordia es enseñar la Verdad a
aquel que la desconoce, creo que es importante realizar una breve y sencilla reflexión sobre
la formación, especialmente de los laicos.
El analfabetismo religioso debería preocupar a la Iglesia y muy especialmente a los
sacerdotes, que somos los maestros del Pueblo de Dios.
1 – ¿Cuál es el sentido de plantear este tema?
Uno de los temas fundamentales que plantea la Carta Apostólica “Ecclesiam Suam”,
es el de la Conciencia; pues uno de los riesgos que corremos ―los católicos―, en esta
cultura “profana y profanadora” (Pablo VI), es perder el sentido de identidad y
pertenencia.
El momento exige que la Iglesia reflexione sobre sí misma; Ella necesita sentirse vivir.
Debe aprender a conocerse mejor, si quiere responder a Cristo vivo, si quiere vivir su propia
vocación y ofrecer al mundo su mensaje de fraternidad y salvación (Cf. E. S. 27).
Esta reflexión es, en definitiva, un acto de obediencia al magisterio, en este caso
guiados por Pablo VI, que “con el paso de los años resulta cada vez más evidente la
importancia de su pontificado para la Iglesia y para el mundo, así como el valor de su alto
magisterio, en el que se han inspirado sus sucesores, y al que también yo sigo haciendo
referencia” (Benedicto XVI, “L’ Oss. Rom. Nº 10, 9-III-2007).
Es Pablo VI el que nos dice “que deber de la Iglesia ahora es ahondar en la
conciencia que ella tiene que tener de sí (…), la Iglesia debe en este momento reflexionar
sobre sí misma para confirmarse en la ciencia de los planes que Dios tiene sobre ella, para
hallar más luz, nueva energía y mejor gozo en el cumplimiento de su propia misión…” (E.
S. 19).
Una de las notas de la Iglesia que el Concilio trabaja, es la de la Comunión; de hecho,
la eclesiología del Vaticano II, es una eclesiología de comunión, y es nuestra
responsabilidad el “convertir las enseñanzas originales y características del Concilio en
conceptos operantes de nuestra conciencia eclesial” (Pablo VI, 11-VIII-1971).
“La comunión eclesial es una realidad profunda que afecta al centro mismo del
misterio trinitario, en el que la distinción de las personas no disminuye en absoluto la
unidad de la divinidad” (Juan Pablo II en el L’ Oss. Rom. Nº 44, 29-X-1993). Esta es la
dimensión vertical de la comunión. La Iglesia reconoce su origen en el misterio del Dios
Uno y Trino, y en él encuentra la fuente de su Comunión (Koinanía).
“Aunque es una realidad sublime, la comunión de la que estamos hablando no es
distante o abstracta. Es el mismo fundamento de la organización y la actividad de la Iglesia
en todos sus niveles, esta es la comunión en su dimensión horizontal” (Id.).
“Y es justamente la parroquia, en la Iglesia local, la que presenta el modelo clarísimo
del apostolado comunitario, reduciendo a la unidad las diversidades humanas que en ella
se encuentran e insertándolas en la Iglesia Universal” (A. A., 10). También nos exhorta a
trabajar en comunión: “Acostúmbrense los seglares a trabajar en la parroquia íntimamente
unidos con sus sacerdotes” (Id.). Este “estilo” de vida se nutre de la “espiritualidad de
comunión” (N.M.I. 45).
Debemos ser realistas y “no hacernos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco
servirán los instrumentos externos de comunión. Se convertirán en medios sin alma,
máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” (N. M. I. 43). Esto
supone ser formados en una sana eclesiología para fortalecer nuestra identidad y sentido de
pertenencia.
2 – ¿Por qué elegí este tema?
La respuesta la da Juan Pablo II al hablar a un grupo de obispos de Estados Unidos:
“Los pastores de la Iglesia deben procurar siempre que los laicos católicos reciban una
formación teológica y espiritual (…), que les permita desempeñar su papel en la Iglesia y en
la sociedad.
Esta formación debería proporcionarse de modo tal que puedan afrontar las
dificultades prácticas en el ámbito parroquial, en el que muchos intereses seculares exigen
la atención de las personas” (L’ Oss. Rom. ya citado).
I – La formación de los laicos
Juan Pablo II ha dedicado todo el capítulo V de la Exhortación Apostólica
“Chistifideles Laici” al tema de la formación de los laicos, utilizando la imagen de la vid,
ya que como ella los laicos están llamados “a crecer, madurar continuamente, a dar
siempre más frutos” (57).
El desafío y la tarea de la formación de los laicos, es una tarea prioritaria hoy,
pues son grandes los desafíos que los laicos deben afrontar en un clima cultural muchas
veces refractario a la fe. Esto supone que “la formación de los fieles laicos se ha de
colocar entre las prioridades de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción
pastoral de modo que todos los esfuerzos de la comunidad concurran a este fin” (Id.).
Gran parte de la responsabilidad de esta tarea recae, dentro de la diócesis, en la
Parroquia, “a la que corresponde desempeñar una tarea esencial en la formación más
inmediata y personal de los fieles laicos” (61). La Parroquia hace que la formación de los
católicos sea “más capilar e incisiva” (Id.).
Por todo esto podemos afirmar que la Formación de los Laicos es uno de los desafíos
prioritarios y más importantes para la Iglesia, y en concreto, para las instituciones y
movimientos; de esto depende la vida y misión de la Iglesia en las diócesis.
Para lograr la adultez de la fe, de la caridad y esperanza de los fieles laicos, la
formación debe ser integral, permanente, realista, gradual y sistemática. “Esta formación
debe considerarse como fundamento y condición de todo fecundo apostolado” (…)
“Además de la formación espiritual, se requiere una sólida instrucción doctrinal, incluso
teológica, ético social, filosófica, según la diversidad de ideas, condición y de ingenio”
(Conc. Vat. II A.A., 29).
Sin este itinerario de formación teológica y espiritual, no alcanzará nuestro laicado la
madurez que estos “tiempos recios” (Sta. Teresa) exigen. Y la ignorancia nos hace
intolerantes.
Debemos recuperar ―porque lo supimos tener― el compromiso por la formación,
para lograr “el crecimiento en una fe consciente y capaz de testimonio misionero” (Juan
Pablo II, Discurso a la Asociación Cristiana de Trabajadores, 1-V-1995).
Antes de pasar al próximo punto, debemos afirmar que la formación es mucho más
que la “in-formación”; es “con-formación”, ya que es un proceso por el que nos
conformamos a la Verdad Revelada, en definitiva a Cristo. Este proceso nunca puede ser
solitario; ha de ser siempre comunitario y acompañado.
